Fin de semana totalmente diferente.
Viaje al sur del exilio, no al norte como suele ser habitual, compañía inédita, vehículo de lujo y primer destino mi anterior exilio.
Cena "de papu" para los 4 sin haber sido previamente invitados, copas en el pub de siempre escuchando la final de un concurso de monólogos mientras charlamos con dos amigas del antiguo exilio y decisión de cambio de destino para el día siguiente, aún más al sur y con la posibilidad de que dos nuevos componentes se agreguen al viaje. Obtengo además una invitación formal a los carnavales de Badajoz. Ver veremos.
Dormir acompañado en la habitación, pero en camas separadas y con alguien que creo tiene cierto interés en mí llega a completar éste primer día como una experiencia muy extraña.
Sábado en Córdoba, comemos y bebemos varias veces en varios sitios distintos (sin poder faltar el jamoncito, el salmorejo y el finito) y quedamos con nuestra encantadora "anfitriona", que nos cede amablemente su casa para los 4 mientras ella ocupa plaza en casa de sus figuras paternas. Cómo no, de nuevo compartiré habitación con la misma persona que el día anterior. Visita a una gran feria medieval en la que degustamos productos tradicionales... de mi tierra (increíble, pero cierto) y me quedo con ganas de conseguir un nuevo collar de cuero para mi dragón protector, jubilando así el cutre cordón de zapatilla deportiva que rodea mi cuello interinamente, así como algún anillo chulo de plata y/o unos guantes de lana negros sin dedales, para poder fumar sin chupar tan incómoda textura textil. Cita con otra de mis compañeras de exilio del año pasado, la más rica de todas ellas, junto con su marido y su recién nacida, y visita a la tetería de los baños árabes, a fumarnos una cachimba de manzana mientras obtengo fotografías sueltas de cada momento salvo la de la niña de la danza del vientre, a la que no parezco llamarle la atención (qué pena, aunque cási mejor, porque tiene pinta de ser menor de edad). Luego cena de picoteo (en un formato que no conocía de origen vasco, algo original aunque un poco caro) y copazos hasta la madrugada, conociendo a otros amigos de nuestra "anfitriona" y de mi compañía de habitación.
Nos levantamos temprano mi compañía de cuarto y yo para ir duchándonos y recogiendo, y mientras los otros dos se duchan bajamos a tomarnos un café. Charla animada, tranquila y sosegada sobre temas trascendentales (vamos, para conocernos mejor) y vuelta al piso a recoger a la otra pareja, sin olvidar los recuerdos que Diego, que nos ha acompañado en espíritu durante todo el viaje, ha dejado en un espejo empañado y que ahora es gritado por la ventana del edificio, al igual que ha sido mentado por todos los excursionistas durante todo el viaje.
Aquel que no sepa de qué hablo, que escuche el siguiente corte:
Opíparo desayuno los 4 ya con nuestra "anfitriona", despedida y vuelta al centro de Córdoba a despedirnos también del jamoncito, el salmorejo y el fino, antes de perder el coche y hablar dos veces con una rumana que suplantó la personalidad y el número de teléfono de uno de nosotros. Dura decisión la de no volvernos totalmente irresponsables y acabar escapándonos a los carnavales de Cádiz y vuelta a mi actual exilio, cambiando a mitad de camino a uno de nuestros componentes por la niña más rica del reino en el que estoy.
Esto es, en resumen, la crónica de un gran fin de semana, empañado únicamente por la certeza de que en el disfrute perdí la magia que me permitía haber estado en el sitio adecuado en el momento preciso para apoyar como en otras ocasiones a alguien de otra de mis familias. Ojalá hubieras podido venir tú con nosotros; tengo la impresión de que podría haberte parecido bastante mágico y curativo para el alma y la mente.
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