domingo, 3 de febrero de 2008

Reflexiones sobre la reflexión

A veces me pregunto cosas. Quizás parecido a como el niño del 6º sentido veía muertos. Me asaltan dudas que quedan anotadas en mi memoria y a las que intento dar respuesta durante el resto de mi vida. Muchas veces creo haberlas respondido, pero a diferencia de lo que le pasaba al infante, que cuando el tema estaba resuelto dejaba de ver dichas visiones, de vez en cuando desempolvo la lista y repaso las dudas y las respuestas, porque en mi eterno aprendizaje vital las respuestas casi nunca son definitivas.

Entre otras muchas cosas, llevo preguntándome desde hace tiempo por qué la gente que parece más reflexiva, menos visceral, más racional, parece hacer más aguas (exceptuando obviamente las deidades de las religiones que nos rodean, que parecen no tener tales debilidades, probablemente por su condición de deidad) en los planos sentimentales. ¿Tendrá que ver con que no tienen costumbre de cumplir aquella mítica frase lapidaria que un día escupí y que venía a proclamar que a veces es necesario pensar menos y sentir más? ¿Será que los sentimientos no son solamente lógica, sino que también tienen pizcas de física, de metafísica, de química, de filosofía, de anatomía, de medicina, de psicología, de lengua y literatura, de educación plástica y audiovisual, de biología, de arte, de trabajos manuales, de educación física, de religión, de educación para la ciudadanía, de música, de lenguas vivas, de lenguas muertas, de lenguas extranjeras, de lenguas regionales, de culturas clásicas y modernas, de gastronomía y dietética, de ritos populares paganos y morales democráticas y constitucionales, de educación vial, de educación social...? ¿Será que tal variedad multidisciplinar hace imposible que aquellos que intentan controlar sus sentimientos en base a su capacidad mental se vean mermados de algunas o muchas de ellas para completar dicha labor? ¿Necesitaremos todos un brain-trainer? ¿O será más bien que las armas que intentan utilizar para el resto de sus avatares vividos son ineficaces para algo que no sólo se basa en la mente, sino que en ello también se implican las vísceras, los órganos genitales, multitud de hormonas y lo más básico e irracional del instinto animal-humano? ¿Siempre coincidirá, como otra posibilidad, que todas estas personas poseen distintas inteligencias lo suficientemente o marcadamente desarrolladas, pero carecen de la necesaria inteligencia emocional? ¿O simplemente es falta de entrenamiento y experiencia a enfrentarse con decisiones y conclusiones que escapan a la lógica tradicional, a actuar guiados por los sentimientos y encontrarse en la mayor parte de los casos respuestas que únicamente se pueden entender como causados o provocados por éstos? ¿O somos todos nosotros doses enfermizos? ¿Será quizás que tendemos a estudiar todo para eximirnos o cargar responsablemente de todas las consecuencias de los actos y hechos acaecidos, cuando quizás intentamos racionalizar un conjunto de informaciones que no todas son cuantificables mentalmente, perdiendo la posibilidad de aprender ciertas cosas que no se enseñan en base a parámetros racionales? ¿O ninguna de las anteriores es cierta ni es falsa?

Seguiré buscando la respuesta a ésta y otras preguntas a lo largo de mi vida, pero no deja de sorprenderme que muchas de las personas a las que considero con grandes capacidades de razocinio y aprendizaje afrontan con más dificultad y menos armas las cuestiones sentimentales, mientras que otras personas más impulsivas y con más prevalecencia de sus instintos respecto a sus pensamientos lógicos parecen darles mil vueltas en esas situaciones. Lo más paradójico del caso es que muchas veces los primeros se empeñan en ayudar y dar lecciones a los segundos, que a su vez suelen pedírselas; cuando si mi duda está bien planteada, los segundos tienen al menos tanto que enseñar como los primeros (sino más).

Me voy a comer algo, porque hoy moderación me ha dejado solo y se nota.

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