sábado, 26 de julio de 2008

Sin patria y sin bandera

No por ser más esperado deja de molestar. Y es que el resultado de mi intento de obtener una documentación estable para dejar de andar de exilio en exilio tuvo el mejor de los resultados esperados, que dista mucho de ser el deseado. Y jode.
Jode comprobar por ene-ésima vez que uno no es pesimista, sino realista, y si acerté con tanta maestría esta vez, al igual que las anteriores, temo acertar el resto de las veces que he predicho algo a ese respecto. Porque entonces las perspectivas no son halagüeñas en absoluto.
Jode también constatar que poco más habría podido hacer aún habiéndome esforzado. El tema está montado como está, y temo conocer demasiado bien el sistema como para sorprenderme en demasía, y menos para bien.
Y jode, como siempre, pasar esto en la más absoluta soledad, porque a nadie más que a mí le importa, porque los demás también tienen sus propios problemas y sus propias alegrías, sus propias ilusiones truncadas o activas, sus ratos de vino y rosas, sus sinsabores y su hiel, sus vidas en definitiva. Y yo no pertenezco a ellas. Nada puedo pedir, así que nada pido; y ya he aprendido que a veces es mejor no pedir, no vaya a ser que se nos conceda lo que deseamos y tengamos que soportar las consecuencias.
Tengo ganas de irme. De largarme de aquí antes de que estas cuatro paredes se hundan completamente sobre mí, y de que esa sensación, la soledad, se convierta en lo único que vaya a sentir a mi alrededor en mucho tiempo, el que probablemente tenga que pasarme aquí sin poder realizar labor alguna. Porque la otra opción tampoco es muy esperanzadora, aquella que me ha perseguido durante bastantes años, consistente en que me envíen a otro exilio justo cuando empiece a estar a gusto de nuevo aquí.
Mis raíces no prenden, porque o bien me trasplantan cuando empiezo a asentarme, o bien la tierra queda yerma y nunca es abonada y regada. Ya no me siento de aquí porque mi corazón no me ata a estas gentes, y la tierra, aunque sigue siendo reclamo, parece empeñarse en enterrarme.
En fin, habrá que sonreir de nuevo y fingir que ya ni el diamente raya este espíritu. Quizás de tanto demostrarlo logre que sea cierto.

No hay comentarios: