Un lobo le dijo a un niño que con su carne tierna
iba a pasar el invierno.
El niño le dijo al lobo que sólo comiera una pierna
porque siendo aún tan tierno
iba a necesitar muy pronto que estuviera bien cebado
pues llegaría un momento
en que, aunque cojito, necesitaría un asado
de lobo como alimento.
Se miraron, se olisquearon y sintieron tanta pena
de tener que hacerse daño
que se pusieron de acuerdo para repetir la escena
evitándose el engaño
de que para sobrevivir dos personas que se quieran
sea siempre necesario
que, al margen de sus afectos, unos vivan y otros mueran.
Sírvales de corolario
que ambos de hambre murieron, para aquellos que hoy lo lean.
Este poema fue escrito, según el escritor Alberto Méndez en el libro que acabo de leer, por Eulalio Ceballos Suárez poco antes de morir de hambre y frío junto a su hijo de pocos meses en una braña de Somiedo durante el invierno de 1940. Independientemente de su significado dentro de la historia personal de dicho personaje (impactante, dura, desgarradora...), el poema me encanta y creo que tiene distintas lecturas para otros momentos y situaciones, para otro tipo de relaciones, para otros amores. Cuan certero parece cuando el hambre de cada uno no se sacia con el otro. Al final, para no morir de necesidades insatisfechas, uno devora al otro y/o viceversa, y siguen ambos su camino.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario