martes, 29 de enero de 2008

Finde de jamoncito, salmorejo, Diego y sus putes

Fin de semana totalmente diferente.

Viaje al sur del exilio, no al norte como suele ser habitual, compañía inédita, vehículo de lujo y primer destino mi anterior exilio.

Cena "de papu" para los 4 sin haber sido previamente invitados, copas en el pub de siempre escuchando la final de un concurso de monólogos mientras charlamos con dos amigas del antiguo exilio y decisión de cambio de destino para el día siguiente, aún más al sur y con la posibilidad de que dos nuevos componentes se agreguen al viaje. Obtengo además una invitación formal a los carnavales de Badajoz. Ver veremos.

Dormir acompañado en la habitación, pero en camas separadas y con alguien que creo tiene cierto interés en mí llega a completar éste primer día como una experiencia muy extraña.

Sábado en Córdoba, comemos y bebemos varias veces en varios sitios distintos (sin poder faltar el jamoncito, el salmorejo y el finito) y quedamos con nuestra encantadora "anfitriona", que nos cede amablemente su casa para los 4 mientras ella ocupa plaza en casa de sus figuras paternas. Cómo no, de nuevo compartiré habitación con la misma persona que el día anterior. Visita a una gran feria medieval en la que degustamos productos tradicionales... de mi tierra (increíble, pero cierto) y me quedo con ganas de conseguir un nuevo collar de cuero para mi dragón protector, jubilando así el cutre cordón de zapatilla deportiva que rodea mi cuello interinamente, así como algún anillo chulo de plata y/o unos guantes de lana negros sin dedales, para poder fumar sin chupar tan incómoda textura textil. Cita con otra de mis compañeras de exilio del año pasado, la más rica de todas ellas, junto con su marido y su recién nacida, y visita a la tetería de los baños árabes, a fumarnos una cachimba de manzana mientras obtengo fotografías sueltas de cada momento salvo la de la niña de la danza del vientre, a la que no parezco llamarle la atención (qué pena, aunque cási mejor, porque tiene pinta de ser menor de edad). Luego cena de picoteo (en un formato que no conocía de origen vasco, algo original aunque un poco caro) y copazos hasta la madrugada, conociendo a otros amigos de nuestra "anfitriona" y de mi compañía de habitación.

Nos levantamos temprano mi compañía de cuarto y yo para ir duchándonos y recogiendo, y mientras los otros dos se duchan bajamos a tomarnos un café. Charla animada, tranquila y sosegada sobre temas trascendentales (vamos, para conocernos mejor) y vuelta al piso a recoger a la otra pareja, sin olvidar los recuerdos que Diego, que nos ha acompañado en espíritu durante todo el viaje, ha dejado en un espejo empañado y que ahora es gritado por la ventana del edificio, al igual que ha sido mentado por todos los excursionistas durante todo el viaje.

Aquel que no sepa de qué hablo, que escuche el siguiente corte:


Opíparo desayuno los 4 ya con nuestra "anfitriona", despedida y vuelta al centro de Córdoba a despedirnos también del jamoncito, el salmorejo y el fino, antes de perder el coche y hablar dos veces con una rumana que suplantó la personalidad y el número de teléfono de uno de nosotros. Dura decisión la de no volvernos totalmente irresponsables y acabar escapándonos a los carnavales de Cádiz y vuelta a mi actual exilio, cambiando a mitad de camino a uno de nuestros componentes por la niña más rica del reino en el que estoy.

Esto es, en resumen, la crónica de un gran fin de semana, empañado únicamente por la certeza de que en el disfrute perdí la magia que me permitía haber estado en el sitio adecuado en el momento preciso para apoyar como en otras ocasiones a alguien de otra de mis familias. Ojalá hubieras podido venir tú con nosotros; tengo la impresión de que podría haberte parecido bastante mágico y curativo para el alma y la mente.

domingo, 20 de enero de 2008

Retratos

Hoy ha sido un día muy complejo y lleno de retratos.

Comenzó con la resaca del ataque de pánico de ayer, cuando volví a sentir esa sensación extraña que siento cada vez que alguien cercano a mí no está bien. Dos personas cercanas a mí no estaban bien, pero parece que no fue tan grave como las últimas veces, aunque temo que este tema no haya acabado aquí, aún falta la gente de mi exilio. Curioso que con lo excéptico que soy tema esas sensaciones, quizás porque son mías, porque por suerte las tengo muy de vez en cuando y porque hasta ahora nunca han fallado.

Noche de nuevo de poco dormir y mal despertar. Corriendo para encontrarme con mi hermano y el resto de la familia, a comer y reencuentro con mi sobrina. Una sensación de ánimo me invade, aunque tengo la paciencia necesaria para esperar a que esté despierta. Tarde de compras y de detalles contradictorios, en los que disfruto de darle de comer a mi sobrina por primera vez, mientras tengo que defender de nuevo a la gente que ha ocupado mi vida de opiniones lógicas de tener desde fuera. Demasiado habitual últimamente, parece que me pase la vida haciéndolo y ejerciendo de abogado defensor de casi todo el mundo frente al conjunto de fiscales que conforman el resto de mi universo. Lo que no saben todos es que, aunque comprenda que sus opiniones sólo buscan animarme y/o hacerme abrir los ojos, yo los tengo abiertos desde hace tiempo y he visto mucho más que ellos en las almas de las personas a las que se refieren. Sé que no son perfectos, ni mucho menos, y menos mal, porque entonces no valdrían tanto ni tendrían tanto mérito en todo lo que les hace especiales para mí, que es tanto lo bueno como lo menos bueno. Mi única frustración es no poder hacer partícipes de mis sentimientos de alegría, de ternura y de cariño hacia esta pequeña criatura que sostengo entre mis brazos a mis otras familias, ésas que me rodean y me acompañan como ellos en estos momentos de mi vida. Lo deseo con todas mis fuerzas, quiero presentarles a todos a mi sobrina en persona, y no sólo por fotografías, sobre todo a algún componente específico de algún núcleo familiar, aún cuando sé que no le gustan los críos. Mi mente fantasea como siempre con crear la situación más propicia y más especial para tan importante encuentro cuando mi hermano, ajeno a mis pensamientos e incrédulo de que me empecine en no abrir los ojos tal y como él los tiene abiertos, me pide entre risas y para quitar hierro al asunto que como no ha habido presentación oficial, le muestre al menos una fotografía de susodicha persona, convencido de que tiene que tener un físico impresionante para haberme impactado de tal forma que mi razón haya sido totalmente anulada y no afirme con rotundidad que tiene razón en sus insinuaciones.

Curiosa coincidencia. Esta mañana, mientras revisaba fotografías guardadas de mi anterior exilio encontré unas fotos de unas cuantas fiestas a las que no pude acudir por estar lejos, como siempre, y que me habían llegado en su día para que participara virtualmente de dichos momentos. Cómo ha cambiado todo, cuánto han girado nuestras vidas en tan poco espacio de tiempo. Durante un breve pero intenso momento los retratos pesaron sobre mí como una gigantesca losa, mientras dos antiguas amigas se besaban en los labios, mientras todos comían y jugaban con piruletas de fresa, mientras la familia parecía no parar nunca de crecer, mientras alguien aún llevaba consigo a la luna llena para que le sirviese de compañía y protección... No recordaba las fotos, no me esperaba encontrarlas ahí, así.

No hay fotos, le dije, en las que encuentres tanta belleza como la que yo he visto y he tenido el placer de conocer. Es demasiado complejo, nos costaría demasiado esfuerzo ponernos de acuerdo, tendría que contarte mil y una historias, tú tendrías que creerme y desperdiciaríamos este momento. Como siempre, pensé, dejaré que cada uno piense y juzgue lo que le parezca más conveniente, toda vez que mi posición ha quedado definida aunque no explicada, y tomaré nota de nuevo de las conversaciones y los temas a evitar en un futuro. Tantos tengo ya que me corroen las entrañas que algún día moriré de úlcera si no me mata antes el tabaco, el alcohol o la carretera. Qué facil me resulta hablar de mí, y qué difícil encontrar a alguien con quien hablar con la confianza suficiente de los demás. La lealtad tiene siempre un precio.

Y acabo el día disfrutando todo lo posible de los pequeños detalles de este breve encuentro que tendrán que suplir de nuevo el vacío que sentiré en el alma cuando mañana vuelva de nuevo a mi exilio, aunque sintiéndome culpable por no haberme rodeado también de mis otras familias. No quiero perderme nada del crecimiento de la enana, pero hace demasiado tiempo que sé y que compruebo fehacientemente que desearlo no es suficiente, que a veces no se puede estar con las personas que uno quiere y punto.

Mañana intentaré sacar fotografías de mi sobrina y del resto de esta familia antes de irme. A todos ellos, y al resto de mis familias les dedico hoy esta canción, porque no os hacéis ni la más mínima idea de cuánto os quiero, de cuánto os echo de menos y de cuán importantes sois para mí.


jueves, 17 de enero de 2008

Rutina

Mal día el de ayer. Desde la mañana hasta bien avanzada la noche. Dormir poco, descansar apenas nada y tener sueños incómodos no permiten empezar bien el día. Llegar tarde al trabajo y sin duchar, tampoco. Discutir con los alumnos de todos los cursos da por finalizada una mañana para olvidar. Cervezas en la Década después de la clase con un tercio de la compañía habitual y a casa medio borracho, cansado y con malestar generalizado. Me acuesto sin comer nada y no hago otra cosa que tener de nuevo pesadillas. Me levanto a duras penas para ir a bádminton, obligándome a hacer algo en vez de quedarme el resto del día en la cama. Fin del badminton, y de nuevo cervezas y tabaco, exigiéndome no volver a casa y socializarme. Es inútil, llevo todo el día añorando cosas que aquí no consigo suplir. Hablo con mi ex, manteniendo nuestra amistad, pero no es ésa la amistad que más echo de menos. De entre todas me falta una que genera casi toda esta melancolía. Hay gente que no pierde esas cosas, y me alegro enormemente por ellos, seguramente se lo habrán ganado, se lo habrán merecido mucho más que yo. Pienso en llamar, pero... ¿para qué? ¿qué contarle, qué decirle, qué preguntarle? La distancia y la rutina acabarán matándolo todo.
Hoy, de nuevo pesadillas y al trabajo tarde y sin duchar. Odio esta rutina.